Sigo con poco tiempo (para que nos vamos a engañar)… para irte unos días de vacaciones tienes que trabajar el doble la semana antes de irte y la siguiente de regresar, pero como la escapada merece la pena, es lo que toca.
Desconectar unos días me ha venido de maravilla. Ha sido corto pero intenso y los días han estado muy bien aprovechados, recorriendo los atractivos turísticos, los rincones con encanto… y por supuesto, las tiendas (imprescindible e inevitable… definitivamente, París es la capital de la moda).
Impresionante la visita a la Place Vendome,en cuyos alrededores conviven hotelazos de cinco estrellas, Mercedes limousin conducidos por choferes uniformados (no os podeis imaginar la cantidad que llegué a ver… no había visto nunca tanto rico por metro cuadrado) y las boutiques de joyería de las marcas de lujo.
Me impactó que estaba en obras y no se podía pasar con coche, pero el acceso a la plaza tenía zonas reservadas para cada tienda, con su cartelito correspondiente y señores uniformados para hacerse cargo de los vehículos de los clientes. (Muertita me quedé… no fui capaz ni de sacar el iphone para hacerles una foto).
Otra excursión fashionista imprescindible es la visita a los Campos Elíseos, un paseo precioso y plagado de impresionantes boutiques, que termina junto a la Avenue Montaigne, la quintaesencia del lujo parisino concentrado en una sola calle.
Una preciosa avenida con coquetos palacetes en cuyos bajos se sitúan tooooodas las marcas de lujo que os podáis imaginar y con el acceso más que restringido… además del clásico guardia de seguridad en la puerta, las tiendas están flanqueadas por una verja (por supuesto, cerrada) que el susodicho guardia tiene que abrirte desde dentro (después de escanearte y decidir si eres lo suficientemente glamourosa para ser clienta).
Dior, que por cierto era enorme y ocupaba toda una manzana, era de las poquitas que no tenían delante la verjita disuasoria y, al menos, se podía cotillear el escaparate.
Yo iba absolutamente dispuesta a seguir con mis experimentos en el mundo de los ricos, con la firme convicción de entrar en Chanel y tocar con mis manitas un maravilloso 2.55… para eso me había vestido arregladita y había aguantado patearme las calles de París con tacones.
Me acerqué a la tienda con paso firme, contemplé el escaparate con cara de interesada, me aproximé a la entrada de la verja y cuando el guardia (después de mirarme de arriba a abajo) se disponía a pulsar el botoncito para abrirme…. reconozco que me rajé.
Entre la cara de miedito del marido (que temía que la visa se autodestruyera allí mismo ante el peligro inminente) y que vi salir de Chanel a cuatro adolescentes japonesas cargadas con varios bolsones cada una (palabrita del Niño Jesús) me entró el tembleque… y me di media vuelta. Ahora me arrepiento, porque no se si me veré en una igual, pero tengo que reconocer que unas risas sí que nos echamos.
De todas maneras, supongo que ha sido lo mejor, vaya a ser que una locura transitoria se hubiera apoderado de mí… que allí un antojito es un palo en la tarjeta en toda regla. A pesar de eso sí que me traje un souvenir parisino (ya os lo enseñaré) y os iré visitando para ponerme al día.




















